lunes, 29 de octubre de 2012

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CORNELIA FUNKE
Traducir a Cornelia Funke
Por Héctor F. Sánchez, 26/10/2012 | - 
El búho lector
 
Cocineros y loros en <i>La isla del tesoro</i>
 
Pez y carnero
 
Gaiman niega basarse en Wynne Jones
 
¿Zapatitos de cristal o de piel?
 
La publicista de Meyer
 
Teatro Globe
 
Sobre <i>Los tres mosqueteros</i>
Cornelia Funke, una de las autoras alemanas más importantes del panorama literario infantil y juvenil actual, se encuentra inmersa en plena gira publicitaria deFearless, la segunda parte de su trilogía Reckless. Carne de piedra.
Reckless es la historia de Jacob Reckless, un joven que descubre todo un mundo más allá de la superficie cristalina de los espejos. ¿Fascinante? Sí, pero también peligroso, sobre todo cuando descubre que su hermano Will ha tomado su mismo camino.
La secuela de Reckless llegó a las librerías alemanas el pasado mes de septiembre, y se espera que entre enero y abril de 2013 aterrice en las librerías de Reino Unido y Estados Unidos, respectivamente. ¿Y el lector hispanohablante? No ha pasado ni un mes desde la publicación de Fearless en Alemania, y ya podemos disfrutar de su publicación en español, traducida comoSombras vivientes. ¡Lo nunca visto!
Ha sido el Fondo de Cultura Económica mexicano el que se ha encargado de sacar la obra a la venta este mismo mes de octubre. Sin embargo, y a juzgar por las opiniones sobre la traducción, la rapidez no ha sido la mejor compañera. Medios como El Universal se han hecho eco de lo descuidada que parece estar la edición, repleta, entre otros, de errores gramaticales.
La editorial Siruela, que posee los derechos de la trilogía en España, tuiteó hace muy poco que ya se encuentra trabajando en la obra. Habrá que esperar unos meses para comprobar si esta nueva traducción, hecha con más calma, está mejor traducida y cuidada que la mexicana, aunque conociendo el buen hacer de la editorial, tenemos bastante fe en ello.
[Sección coordinada por ]

Un mundo medieval en pleno siglo XX

Un mundo medieval en pleno siglo XX

Por Luis Borrás 

Roberto Arlt. “El criador de gorilas”.
Ediciones del Viento, 144 páginas, 2012.
Roberto Arlt es uno de esos “escritores de culto” a los que se cita mucho y muy pocos leen. Ahora Ediciones del Viento pone a nuestro alcance la reedición de una de sus obras para que deje de ser un raro y exquisito fantasma bibliográfico y se convierta en un autor vivo más allá de la cita casi esotérica.
Roberto Arlt nació en 1900 en Buenos Aires y a los veintiséis años publicó su primera novela y comenzó a colaborar en la prensa de su ciudad. Reconocido por Cortázar como uno de sus maestros, el moderno enciclopedismo digital lo califica como precursor de Ricardo Pligia, César Aira o Roberto Bolaño; y yo, por su crudeza y temprana muerte, encuentro en él cierto paralelismo con Rafael Pinedo.
En 1935 Arlt llega a España y durante más de una año se dedica a recorrer de sur a norte la península, pero en ese viaje también pasó por distintas ciudades del norte de África. De lo que vio y le contaron en esos lugares nació esta colección de cuentos: “El criador de gorilas”, que se publicaron en un libro en 1941.
Quince historias que se inician con “La factoría de Farjalla Bill Ali” y que desde ese primer relato ya muestra sin rodeos ni maniobras envolventes todo lo que vendrá después. Arlt es directo, salvaje, cruel, inhumano. La brutalidad, la muerte y la venganza no entienden de subterfugios. Porque lo que cuenta Arlt no permite más distracciones que la de contemplar una historia entre la fascinación y el terror.
En todo caso se permite las minuciosas descripciones de los lugares, sus calles, plazas, mercados y selvas; en donde en ocasiones se demora y unas veces adquiere un tono poético e íntimo de luces y olores y otras resulta excesivamente recargado. Pero esas licencias o pérdidas de tiempo son mínimas, anécdotas que fácilmente se olvidan entre el hedor de la muerte. Los relatos de Arlt son una mezcla entre la crónica periodística y la narrativa, el realismo y la fantasía, lo increíble y lo testimonial.
Y ya desde ese primer relato nos daremos cuenta de que vivimos de préstamos ajenos y no de experiencias propias. Nos daremos cuenta de nuestra condición de realquilados pueblerinos y viajeros catódicos. Porque con ese primer relato recordaremos a otra factoría, la de “Un puesto avanzado del progreso” de Joseph Conrad; y certificaremos que todas nuestras referencias de África son de viejas películas vistas en la televisión: “Cuando ruge la marabunta” y “Las cuatro plumas”. Que deberemos consolarnos, cuando no hemos vivido, con la imaginación y la literatura. La vida de otros menos cobardes.
Arlt nos traslada a un continente salvaje, de esclavos, tráfico de gorilas y marfil, de nidos de termitas que devoran humanos, de millonarias norteamericanas que llegaban en busca del exotismo: “Un amor con una musulmana es el ideal de todo europeo. Una intriga con un árabe, el más glorioso recuerdo que puede llevarse una muchacha occidental”. Nos contará del racismo y el fanatismo religioso: “No busques amor de mujer fuera de tu raza, de tu ciudad natal y de tu religión”. Nos llevará a Marruecos, al Maghreb, Tánger, Tetuán y Fez que “nos entusiasmaba, porque en cada callejuela de la milenaria ciudad africana encontrábamos motivos de ensueño”; pero también a Java, Liberia, Monrovia, Ceilán, Fernando Po y el Congo. De un país a otro nos llevará al desierto y la selva, del colonialismo a la aventura, del puñal a la seda, de la sangre al perfume, de la belleza a la horca. Nos contará historias de espiritismo y reencarnación, necrofilia, hipnotismo y magia negra, canibalismo, robos y venganzas, ladrones de joyas y codiciosos cazadores de orquídeas en Madagascar; asesinos, buscavidas, usureros, mercaderes, bailarinas, ajustes de cuentas, chinos, hindúes y fumaderos de opio; militares españoles, espías europeos, traficantes de armas, marineros que se dedicaban al contrabando de haschich y la trata de blancas; mujeres enterradas vivas a las que se les cortaba una mano por ser infieles; boas constrictor que devoran humanos; la contagiosa e incurable -como una peste- enfermedad del sueño; las luchas entre nacionalistas y moderados árabes, el escepticismo político y el honor y sus antiguos códigos. Y también hay espacio para la ironía en el hilarante “Los bandidos de Uad-Djuari” en el que se simula un secuestro para que los turistas vivan una aventura que luego “podrán gustosamente narrar en su hogar”.
Estos relatos de “El criador de gorilas” no son sólo una colección de sucesos, literatura pintoresca y de entretenimiento en una redacción directa y a veces descuidada. Arlt nos cuenta historias de primera y segunda mano que llegaron hasta él oralmente y luego transcribió, historias que escuchó en el zoco de Larache a algún “Celje”, poeta ambulante que como nuestros juglares y ciegos cantaban romances con peripecias asombrosas para entretener a ociosos y analfabetos. Estos relatos son modernos cuentos de las mil y una noches de musulmanes, judíos y cristianos. Son festejar que estamos vivos y la paradoja de lo poco que vale la vida. Un mundo medieval en pleno siglo XX. Lo mucho y lo poco que ha cambiado ese mundo. Lo cerca y lejos que queda el abismo del presente y el pasado.

Vila-Matas presenta en Nueva York “Dublinesca” junto a Paul Auster

Vila-Matas presenta en Nueva York “Dublinesca” junto a Paul Auster

El escritor Enrique Vila-Matas presentó su libro “Dublinesca” en Nueva York, con motivo de su traducción al inglés, en un acto en el que habló de la capital irlandesa, James Joyce o Samuel Beckett junto con el también escritor Paul Auster, quien es asimismo uno de los personajes de la novela.
“Si un amigo me preguntara de qué va ‘Dublinesca’ le diría que es un paseo privado a lo largo del puente que enlaza el mundo excesivo de Joyce con el más lacónico de Beckett, que es el trayecto principal de la gran literatura de las últimas décadas”, explicó Vila-Matas, quien estuvo acompañado por la traductora al inglés de la novela, Anne McLean, en el acto en el Instituto Cervantes de Nueva York.
“Dublinesca”, que fue publicado en España en 2010, se trata de una obra “otoñal”, según Vila-Matas, que va “de la era Gutenberg a la de Google, de la existencia sagrada representada por un irlandés, Joyce, a la época sombría de la desaparición de Dios evocada por otro irlandés, Beckett”, y entre cuyas páginas comparece Auster (1947).
El estadounidense leyó un fragmento de la novela, en el que Vila-Matas recrea, a caballo entre la realidad y la ficción, entre lo verídico y lo que nunca ocurrió, una visita a la casa de Auster en Park Slope (Brooklyn) que, según el escritor barcelonés, fue para él “un momento de plenitud”.
Vila-Matas recordó que, la noche anterior a que le invitaran a Nueva York por primera vez, tuvo “un sueño muy intenso” en el que se vio a sí mismo en el patio de la casa de sus padres, donde solía jugar al fútbol de niño, fingiendo que él solo era los dos equipos, pero “rodeado de rascacielos”.
“En ese sueño sentí que conocía la felicidad por primera vez, así que asocié la idea de la felicidad con Nueva York y cuando llegué a la ciudad pensé que la felicidad caería dentro de la habitación de mi hotel en paracaídas, pero no fue así y no entendía nada. Muchos años después, en aquella visita a casa de Paul sí encontré la felicidad, era como en el sueño”, rememoró Vila-Matas (1948).
Por su parte, Auster indicó que, cuando otros literatos lo utilizan como personaje en sus obras siente que su nombre “está en el papel”, pero que nunca es él mismo, sino un “artefacto”.
“Muchas veces ni siquiera me conocen, pero en el caso de Enrique fue diferente, porque nos conocemos por lo menos desde hace diez años y nos admiramos mutuamente, pero hay referencias en el libro que no tienen nada que ver con mi vida, como que el editor protagonista de su novela publique un libro mío en España o que yo tenga muchos lectores en Ghana. Es divertido”, señaló.
Vila-Matas reconoció que a él también lo están usando últimamente como personaje en otras obras literarias y apuntó que “es peligroso”, porque lo recrean “hablando mal de otros escritores, algo que nunca haría”.
Precisamente, el que habló no mal sino muy bien de otro literato fue Auster, quien evocó cómo conoció en París a Beckett (1906-1989), escritor que también aparece en “Dublinesca” y que, por aquel entonces, en la década de los setenta, había traducido una de sus primeras obras, “Mercier y Camier”, del francés al inglés.
“Le dije que la había leído y que era una obra maestra, pero me respondió que no era tan buena, y que en la traducción había eliminado una cuarta parte. Sin embargo, un rato después se me acercó para preguntarme si realmente creía que su obra era buena. Los escritores muchas veces no entienden lo que hacen y Beckett odiaba su trabajo, y no podía juzgarlo”, abundó Auster.
Asimismo, el autor de “Trilogía de Nueva York” relató cómo a los 18 años realizó un viaje por Europa, que concluyó en la capital irlandesa, una ciudad por la que estuvo paseando durante dos semanas sin hablar con nadie, hasta tal punto que “años después, cuando cerraba los ojos al dormir, volvía a Dublín” y allí fue donde entendió que se iba a “convertir en escritor”.
Auster señaló que todas estas “conexiones” entre Joyce, Beckett, sueños con Dublín y Nueva York, visitas a ambas ciudades, que él sea un personaje de Vila-Matas y que ambos hayan vivido en París es “muy extraño”, pero encarna perfectamente el espíritu de “Dublinesca”.
De hecho, Vila-Matas no entiende el inglés al que han traducido la novela, a pesar de haber visitado la capital irlandesa en catorce ocasiones, y Auster no habla español, por lo que ambos amigos se comunican en francés.
“Si nos entendiéramos tal vez no seríamos amigos. Sin entendernos ni una palabra nuestra amistad se ha hecho más y más profunda”, bromeo Auster.
Fuente: EFE
“Vive el presente, saca el mayor partido de él, es todo lo que tienes. Tiempo para hacer el inventario.”

Margaret Atwood

Miguel Barrero: La existencia de Dios

Miguel Barrero: La existencia de Dios

Una novela breve “donde la brevedad no está reñida con la trascendencia, donde la mínima excusa argumental ampara una bella (y dolorosa) reflexión acerca de la amistad y el paso el tiempo, la omnipresencia de una muerte que no entiende de edades, y sobre todo, el fracaso generacional como una herencia envenenada que se transmite de padres a hijos”.
¿Cómo se rememora una amistad perdida cuando ya es demasiado tarde para recuperarla? ¿Qué claves aporta la lectura del pasado desde el presente? ¿Es posible reflexionar sobre uno mismo, sobre lo que se es en el momento actual, a partir de aquello que se fue? La identidad, el distanciamiento y la pérdida, entre otras cosas, se dan cita en esta novela en la que lo biográfico se confunde con la ficción para retratar esos momentos en los que empezamos a dejar de ser inocentes.
Miguel Barrero (Oviedo, 1980) vuelve a la actualidad del panorama literario con esta nueva obra, tras haber publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007) y Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008).
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Sergio C. Fanjul: Genio de extrarradio

Sergio C. Fanjul: Genio de extrarradio

Sergio C. Fanjul nos lleva, a través de sus relatos, a un mundo extraño, y a veces terrible, en el que la próxima Teoría del Universo se está cocinando en la trastienda de una hamburguesería de un polígono industrial de Alcorcón; amables y educados fantasmas pasan el tiempo tomándose un gin-tonic en la cafetería de unos grandes almacenes madrileños y los buzones de correos están habitados por solícitos personajes que corrigen la correspondencia para mejorar la comunicación entre los seres humanos.

Genio de extrarradio (ed. La Hoja del Monte) está ilustrado por Cristóbal Fortúnez, conocido por su blogFauna Mongola de Madrid y, entre otras publicaciones, el Cuaderno de Blackie Books, de reciente aparición. Tiene una sección en la revista Vanidad y ha hecho carcelería para diferentes bandas musicales y eventos.

Sergio C. Fanjul nació en Oviedo en 1980 aunque, cada vez hace más tiempo, vive en Madrid. Es licenciado en Astrofísica por la Universidad Complutense y máster en periodismo por la UAM/El País. Actualmente ejerce el periodismo escribiendo sobre cultura y ciencia en El País y otros medios. Es autor de los poemariosOtros Demonios (KRK Ediciones), Premio Asturias Joven de Poesía 2008, y La Crisis, econopoemas, de próxima aparicón en la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker. Desde 2004 mantiene el blog PlanetaImaginario (www.planetaimaginario.blogspot.com) bajo su pseudónimo Txe Peligro.

El libro se presentará el próximo día 8 de Noviembre, jueves, a las 20.00 h, en la librería Arrebato, sita en el corazón de la Malasaña.

Ken Follet y “El invierno del mundo”

Ken Follet y “El invierno del mundo”


Esta semana se presentó en Madrid El invierno del mundo (Editorial Plaza & Janés, 2012), segunda entrega de la trilogía The Century. Su autor, el escritor galés Ken Follet, pasó por la embajada italiana, atrincherada para la ocasión (milicianos incluidos), para hablar de este tan esperado libro, una ficción que de 1933 a 1949 recorre la Europa preñada de guerras que marcó la vida de aquellas familias que ya conocimos en La caída de los gigantes, y sobre todo la de sus hijos.

“Los escritores deben dar al lector aquello que le emocione, con lo que disfrute, conseguir que apague la televisión y se ponga a leer un libro”. Este, comenta el autor, es el gran reto a lograr. Follet está convencido de que si el libro conmueve al lector, y consigue que le interese más que el mundo real, entonces tendrá éxito. The Century cuenta la historia del siglo XX a través de la vida de cinco familias de nacionalidades diferentes. En la primera parte eran los padres los protagonistas, en esta segundo son los hijos, sus luchas personales, políticas y militares, y en la siguiente serán los nietos, que mostrarán su historia desde la construcción del muro en 1961 hasta su caída en el 89.

Apunta Follet que él no pretende dar lecciones de historia al lector, a quien considera inteligente y lo suficientemente formado como para no necesitarlas. “Lo que hago es analizar la historia para que luego cada cual saque sus propias conclusiones”. Necesita de mucho tiempo para estudiar y planificar con cuidado lo que escribe. No es fácil gestionar una historia como esta, con tantos personajes y acontecimientos, y al mismo tiempo conseguir darle el enfoque dramático adecuado. Han sido ocho arduos meses los necesarios para reflexionar sobre la estructura de la novela, y para darle orden, intentando evitar todos aquellos elementos más aburridos. Conseguir emocionar es el otro gran reto: “la historia tiene que tener una conexión emocional con el lector, lograr que se acelere su ritmo cardiaco, tienen que saltársele las lágrimas, tiene que sentir miedo e incluso rabia”.

A su juicio, la situación económica actual es terrible sobre todo para aquellos que no tienen trabajo. “Pensamos que los momentos vividos en los años 20 y 30 no volverían, pero aquí están otra vez. El problema de los ciclos económicos todavía no está resuelto”. El paralelismo histórico es inevitable, si bien los europeos actuales confían más en los mecanismos políticos y en las democracias mucho más arraigadas.

El invierno del mundo se inicia en el Berlín de 1933, un gran foco de agitación política y social. Parece que nada podrá frenar el poder ascendente del canciller Adolf Hitler. Todos serán testigos de la tiranía y la represión de la nueva Alemania. El reino del Tercer Reich se extenderá hasta Francia y más allá de la frontera rusa. A través de una Europa en ruinas, quebrada de nuevo por las guerras y los conflictos ideológicos, los protagonistas forjarán su destino en los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, la guerra civil española, el bombardeo de Pearl Harbor y la era de las bombas atómicas americanas y soviéticas.

Follett es un documentalista exhaustivo. Para documentarse sobre la Guerra Civil española, aparte de estudiar mucha literatura que en inglés hay sobre el tema, viajó hasta uno de los lugares donde se libró una de las batallas más duras de la contienda, Belchite, una población que quedó totalmente arruinada. “La historia europea hubiera sido distinta si no hubiera vencido Franco, pero es difícil decir hasta qué punto”.

Como escritor mantiene que no quiere jubilarse, que no puede dejar de hacer lo que más le gusta en el mundo, escribir. Si sus libros se convierten en best-sellers no es porque vaya fijándose en el mercado, sino porque tratan temas fundamentales que interesan a mucha gente. “Yo lo que quiero es que los lectores compren mi historia y no la de J.K. Rowling”. También confiesa que se siente bastante satisfecho de las adaptaciones al cine o a la televisión que han hecho de sus obras. Aunque en este caso, no se venderán los derechos hasta que la trilogía no se complete.

Ken Follett ha escrito casi una treintena de novelas, con las que ha vendido más de cien millones de ejemplares en todo el mundo. Con la primera parte de esta trilogía convenció a un millón de lectores en lengua española. De este segundo tomo se han distribuido seiscientos mil ejemplares solo en nuestro país.Los pilares de la tierra todavía sigue siendo el libro más leído según la Federación del Gremio de Editores.

Santiago Roncagliolo habla sobre Philip Roth “Es un escritor para hombres”

Santiago Roncagliolo habla sobre Philip Roth “Es un escritor para hombres”

El novelista Philip Roth recibe este mes el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. El jurado destaca su “compleja visión de la realidad contemporánea”, y la prensa lo celebra como un autor “mordaz” y “cosmopolita”, un “bombardero del sueño americano”. Pero un amigo mío, abogado, funcionario y para nada intelectual, me dice emocionado:–Nadie entiende a los hombres como Philip Roth. Y es el que más razón tiene.
 
Es comprensible que a los políticos les esté vetada la palabra “pene”. Es algo que preferimos no oírles decir. Más aún en el caso de la familia real, donde la prohibición se transmite genéticamente. Pero la prensa cultural hispana podría ser menos mojigata, gazmoña y meapilas, y echar mano de la palabreja de vez en cuando, que al fin y al cabo es sólo una parte del cuerpo, y por cierto, una que resulta imprescindible para leer a Philip Roth. El protagonista de La contravida, por ejemplo, sufre un tratamiento que le produce disfunción eréctil.
 
El de La mancha humana vuelve a la vida gracias al Viagra. Los universitarios de Indignación inundan el campus en una competencia masiva de onanismo. El titiritero de El teatro de Sabbath entretiene sus soledades con una foto y una pieza de ropa interior de la hija adolescente de su mejor amigo. Y mi favorita: el narrador de El pecho es una versión actual del Gregor Samsa kafkiano que una mañana amanece convertido en… teta.
 
Uno podría creer que, aunque el novelista Philip Roth sea un ácido provocador, el ser humano real es tímido y pudoroso, y por eso, para no incomodarlo, sus acólitos pasan de puntillas sobre los temas lascivos. Lo dudo. Isabel Coixet, que llevó al cine El animal moribundo, ha contado en público que Roth le explicó personalmente las escenas de sexo oral que quería, con ruiditos y todo. Y alguna ex pareja de él lo ha retratado en público como un depredador sin excesivos escrúpulos.
 
Es cierto que, para muchos lectores de Roth, todo este asunto es secundario. Según una opinión extendida, es mucho más importante el novelista político que el sexual. Yo creo que eso es una sandez. Para Philip Roth, el sexo también es una expresión de los conflictos políticos. En La orgía de Praga, un grupo de artistas de la Checoslovaquia comunista se acuestan entre todos como protesta contra el régimen. Y qué decir del delirante redentor de Operación Shylock, que pretende liderar a los judíos en un éxodo para abandonar el Estado de Israel, y tiene un implante artificial de miembro viril. En un mercado lleno de best sellers para mujeres, Philip Roth escribe sobre hombres, y sobre la relación de esos hombres con sus cuerpos. Uno de sus personajes, infiel compulsivo que ha llegado a la vejez, se lamenta: “Tu cuerpo te hace traicionar a quienes te aman. Y luego tu cuerpo te traiciona a ti”.
 
A sus fanáticos no siempre nos seducen sus proclamas sobre antisemitas o americanos, pero todos somos sensibles a su retrato de la fragilidad de la hombría. De hecho, aun en las sociedades más liberales y progresistas, ése sigue siendo el tabú. Uno puede ventilar ideas políticas de todo pelaje en cualquier conversación, incluso de extrema derecha, pero pregúntenle a un hombre sobre sus fracasos en la cama, y verán qué cara pone. Roth habla de lo que nadie se atreve a hablar. Y el tema es tan explosivo que ni siquiera sus defensores se atreven a mencionarlo.
 
Para mí, Philip Roth es uno de los mejores escritores vivos. Y sin duda, es el premio Príncipe de Asturias de las Letras más políticamente incorrecto que se ha concedido hasta hoy. Pero si dejamos que nos hablen de él las instituciones oficiales, los académicos y los críticos más solemnes, nunca nos vamos a enterar de qué escribe en realidad.
Fuente: La República

Madame Proust y la cocina kosher

Madame Proust y la cocina kosher

Madame Proust y la cocina kosher. Kate Taylor. Ediciones Siruela. 420 pp. Rústica con solapas. 23,95 €.  

 Sophie necesitaba unas piedras, pero no se le ocurría dónde encontrarlas en plena ciudad. Aunque no buscaba grandes pedruscos, tampoco estaba dispuesta a conformarse con un puñado de grava que podía coger clandestinamente del diminuto jardín urbano que sobresalía apenas un metro sobre la acera delante del piso bajo del edificio situado a tres puertas del suyo. Mientras pensaba dónde podía encontrar especímenes de mayor tamaño, se acordó con una mezcla de cariño y de arrepentimiento del cubo de latón lleno de pequeños cantos y conchas marinas que durante muchos años la pequeña había guardado en su habitación: recuerdos que había recogido en la playa durante las vacaciones y de los que se había negado a separarse al llegar el momento de tomar el tren de regreso a casa. Sophie se acordó también de los frecuentes paseos por los bosques cercanos, donde sin duda debía de haber todo tipo de rocas dispersas bajo los árboles. Pero la niña había crecido y se había marchado, y hacía ya tiempo que el cubo de latón yacía sumido en el olvido. La familia no había vuelto a viajar a la costa normanda desde el estallido de la guerra y aunque la entrada del Bois de Boulogne estaba a tan solo a diez minutos a pie del apartamento, Sophie cada vez se atrevía menos a aventurarse más allá de la panadería de la esquina y no deseaba arriesgarse a tener que sumar una salida adicional a la misión que la ocupaba. Tendría pues que confiar en que encontraría las piedras al llegar a su destino.

Vio, aliviada, que Philippe también había salido antes esa mañana, de modo que no tuvo necesidad de dar explicaciones sobre su partida. La comunicación era cada vez más difícil entre ellos y no tenía energías para inventarse una mentira que la respaldara mientras abría la pesada puerta de roble del apartamento. Durante el tiempo que la niña había estado con ellos, se habían mantenido unidos y resueltos en la ejecución de sus planes: Sophie y Philippe conseguirían poner a su hija a salvo aunque para ello tuvieran que invertir en la empresa todos sus ahorros. Sin embargo, cuando, tras nueve largas semanas desde la noche de su separación de la pequeña, supieron que el grupo en el que viajaba la niña había logrado cruzar el puesto fronterizo de hendaya y pasado sano y salvo a España, el foco en el que habían estado concentrados se disolvió y la unidad quedó fracturada.

Al principio, Philippe pedía permiso a Sophie antes de vender algo. Desde el primer momento, habían acordado que la cubertería de plata, regalo de bodas de la madre de ella y cuyas piezas estaban delicadamente labradas con tracería de hojas de parra, era sagrada, tras lo cual habían agonizado juntos intentando decidir cuál de sus pertenencias era más prescindible. Sin embargo, ahora Sophie sabía lo que él se llevaba solo cuando notaba su ausencia. Podía estar leyendo sentada en el salón y, al levantar los ojos hacia la repisa de mármol de la chimenea para ver la hora, encontrarse con que el reloj dorado con las figuras de ninfas del bosque que sostenían su esfera blanca y negra había desaparecido. O si estaba buscando un plato en el que servir una magra comida de patatas hervidas y alubias, advertir que el armario donde guardaban la vajilla estaba menos repleto que antes y descubrir que la porcelana de Sèvres ya no estaba.

Esas pérdidas se callaban y Philippe ya no la hacía partícipe de sus planes. Aun así, Sophie sabía que probablemente él había salido esa mañana a visitar a algún otro comerciante. En los tiempos que corrían, ese era el único motivo que tenía Philippe para salir del apartamento. Cuando, con la imposición de los cupos de oficios, él perdió la consulta, salía a diario e iba apresuradamente a la Cité en metro porque el Maître Richelieu le había dado un trabajo como secretario en su oficina. Pero Philippe no podía seguir arriesgándose a desplazarse diariamente, y tampoco su anterior colega podía correr el riesgo de emplearle. Se pasaba los días leyendo el periódico y rebuscando inútilmente entre sus viejos archivos. Suspendidos entre la vida que habían llevado hasta entonces y el futuro incierto, parecían haber quedado momentáneamente abandonados a merced del tiempo. Cada vez más, Sophie anhelaba que ocurriera algo que pusiera fin a la situación y había empezado a pensar que cuando por fin llamaran a la puerta, encontraría en ello un alivio.

Solo le quedaba esa última misión por cumplir. Se abrochó con firmeza el cinturón de la trenca de color pardo –necesitaría sin duda sus bolsillos hondos y resistentes para cargar en ellos las piedras que pudiera encontrar– y salió sigilosamente al descansillo. Se asomó por encima de la barandilla de hierro forjado y miró hacia el vestíbulo, situado cuatro pisos más abajo, para cerciorarse de que madame Delisle no estuviera allí, barriendo la alfombra o sacando lustre a los pilares de bronce de la escalera. El vestíbulo estaba de momento vacío y Sophie bajó apresurada aunque silenciosamente. Salvó sin hacer ruido el último escalón, se deslizó por el vestíbulo vacío como un fantasma y salió a la calle.

Se dirigió deprisa hacia el metro, intentando adoptar un paso lo suficientemente rápido como para dar a entender que la movía una misión legítima aunque no tanto como para que nadie pensara que huía de algo. Hacía un día agradable, todavía caluroso a pesar de estar ya en pleno octubre, y no pudo evitar dejar que la luz le caldeara el rostro. Desde La Muette, la parada en la que tantas veces antes había subido al tren confiada y sin temor alguno, tomó el metro hacia el este, manteniendo la cabeza gacha para no cruzar la mirada con nadie, escudriñando ansiosa no ya los rostros de los demás pasajeros sino su calzado igualmente revelador. Buscaba atemorizada las botas de cuero perfectamente lustradas de algún gendarme u oficial alemán, pero no vio ninguna y cuarenta minutos más tarde llegó sin novedad a su parada, Père Lachaise.

Père Lachaise es el cementerio más famoso de París. Al cruzar la verja de entrada, Sophie se oyó pronunciando esas palabras en su cabeza al modo de un guía turístico y entendió que estaba hablando a su hija. «Este es el cementerio más famoso de París», continuó al tiempo que se adentraba por uno de los trillados senderos de fango, «donde yacen Sarah Bernhardt, Oscar Wilde y Marcel Proust. Mira, cariño, ahí está la tumba de Alfred de Musset. Sí, esa, la del pequeño sauce. Es el hombre que da nombre a nuestra calle, un gran escritor». De hecho, y en secreto, siempre había opinado que aquel árbol era una ridiculez. El poeta había pedido que le enterraran debajo de un sauce, y en vez de buscar la orilla de un río para tal efecto, su familia le había enterrado en el Père Lachaise y había plantado aquel patético espécimen sobre su tumba. Pero Sophie nunca había compartido esa crítica con su hija.

«Aquí es donde descansan los grandes artistas de Francia», prosiguió. «El escritor Alphonse Daudet está aquí, y también los pintores Géricault y Delacroix, el dramaturgo Beaumarchais, la poetisa Anna de Noailles, y Georges Bizet, el compositor de Carmen. Aquí es donde el Faubourg Saint-Germain encuentra su amargo final. Aquel monumento contiene los huesos de los de Guiche. Los de Brancovan están también por aquí, y los Rothchild y todas las grandes familias. Está el conde de Montesquiou, famoso dandi en su día. Y mira, esa es la tumba de Félix Faure, el presidente de la República. Murió en brazos de su amante en pleno apogeo del caso Dreyfus.» A decir verdad, esa clase de cosas no se explicaban a una niña que todavía no había cumplido los doce años, del mismo modo que tampoco podía explicar por qué el escritor inglés Oscar Wilde había sido enterrado en París, exiliado y caído en desgracia.

Al ver el monumento dedicado a la memoria de Faure, Sophie vio también un pequeño claro de tierra desnuda situado justo detrás, que señalaba el espacio de una futura tumba. Se acercó y empezó a apartar con la punta del pie las hojas secas y la hierba medio muerta. Pronto dio con lo que buscaba: una piedra redonda de cantos suaves y del doble del tamaño de una moneda de un franco. Tras apartar más hojas y hierba con el pie, logró recoger una docena de piedras del mismo tamaño que se metió en los bolsillos y siguió subiendo colina arriba hacia lo alto del cementerio.

(…)

Una noche en Amalfi

Una noche en Amalfi

Una noche en Amalfi. Begoña Huertas. El Aleph editores. 160 pp. 16 €.

Bajo el sol de mediodía el puesto de bebidas estaba rodeado de gente ansiosa por comprar algún refresco. Mientras intentaba hacerse un hueco, Sergio buscó a su mujer con la mirada, a lo lejos. La había dejado sentada sobre una de las maletas, bajo la mínima sombra de un poste informativo y mareada por un dolor de muelas. El bullicio en el muelle le impedía verla pero al fin, entre el paso de un grupo de turistas y otro, consiguió atisbarla unos segundos. Su blusa blanca y la sobriedad de su falda recta contrastaban con los vestidos sueltos, pareos, gorras, chanclas y bermudas estampadas de la mayoría de los otros veraneantes. Sin embargo, Lidia tenía mala cara y él deseó no tardar mucho en poder llevarle una botella de agua. 
El puerto Beverello de Nápoles estaba rebosante de personas que esperaban el ferry hacia la costa amalfitana o las islas. El mar semejaba un caldo denso, una superficie casi sólida que hacía rebotar el sol como un espejo. La gente, atrapada entre los ladrillos tiznados del Castel Nuovo y el agua cegadora, parecía ansiar la llegada de cualquier barco para salir corriendo. 
Sergio regresó sonriente junto a Lidia, con una botella fresca de agua y un té helado. Ella, apenas alejada unos metros del tumulto, doblada sobre sí misma y con la cabeza gacha, tecleaba algo en su móvil y no le vio llegar. 
-Toma un poco de agua. 
Lidia se sobresaltó y agarró la botella, murmurando algo que Sergio no puedo entender porque en ese mismo instante sonaba la sirena de una embarcación que se acercaba a puerto. 
Una vez más se formó un revuelo en el que los turistas se preguntaban unos a otros, con aprensión y esperanza, por la ruta que cubriría el barco recién llegado. La intensidad de luz hería los ojos y los termómetros marcaban 38 grados. Todo el mundo tenía calor y ganas de irse de allí. 
Tras un par de falsas alarmas en las que los pasajeros con destino Amalfi -Sergio entre ellos- se agruparon en el embarcadero equivocado, se confirmó que el muelle que les correspondía sería el número tres. Sergio corrió de nuevo a la precaria sombra donde se encontraba Lidia, y ambos se dirigieron al punto de embarque. La multitud esperó inquieta a que el barco hiciera las maniobras necesarias de atraque, después entró en tromba y se fue acomodando. 
El joven matrimonio encajó las dos maletas en el estrecho portaequipajes y se sentó uno al lado del otro, frente a una mesa amplia y dos plazas vacías. Al rato una corpulenta señora italiana, con una pamela de paja sobre su pelo canoso recogido en un moño, ocupó uno de los asientos frente a ellos, el de la ventana, dejando su pequeña bolsa de viaje sobre el asiento contiguo. 
- Está ocupado- dijo en italiano a un hombre que amagó con sentarse a su lado. Y sin embargo, durante todo el trayecto allí no se sentó nadie. 
A medida que se alejaban de la bahía, Sergio intentó verificar el Vesubio, y luego Pompeya, pero le resultaba difícil. Tampoco Lidia, sin mucho entusiasmo, pudo ayudarle a situarlos. La señora italiana, quitándose la pamela y reajustando las amplias mangas de su blusa de gasa, miró a los dos jóvenes y decidió echarles una mano. Se presentó como Francesca Capotondi. Sergio escuchó encantado sus indicaciones e intercaló, aquí y allá, algunas exclamaciones de admiración. Lidia se limitó a sonreír agradecida. 
Una vez abandonaron la bahía de Napoles, el ferry cobró velocidad. Las olas salpicaban el cristal de las ventanas de manera que apenas se podía ver nada del exterior. Sobre la mesa Sergio había dejado dispuesto el libro que había comenzado la noche antes, durante el vuelo, pero en ese momento no tenía ganas de ponerse a leer. Reparó en las zapatillas marrones con rayas azules de su mujer, que apoyaba una pierna sobre la otra. No se las había visto nunca y le resultaron muy bonitas, como todo en ella. Lidia había sacado su portátil y parecía concentrada, seguramente en el informe en el que, según le había dicho, tenía que enviar esa misma tarde a la agencia. Mientras tanto, la señora italiana se mostraba inquieta intentando llamar la atención de algún empleado del barco. Al fin uno de los hombres de la tripulación, que controlaba con indolencia que todo iba bien paseando pasillo arriba y abajo, se acercó a ella. 
Sarebbe cosí gentile da servire un gin tonic, per favore? - El empleado la miró estupefacto. Después señaló la barra de bar en el extremo de la cabina. Ahí podría pedir lo que quisiera, agregó forzando una sonrisa.