sábado, 27 de octubre de 2012


El escritor español Javier Marías explicaque rechazó el Premio Nacional de Narrativa de España por su “deseo de ser consecuente” con su postura de desestimar galardones y relación con instituciones oficiales.
En rueda de prensa en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, indicó que su postura de no aceptar estos reconocimientos data de 1998, que lo ha dicho varias veces por escrito y que lo lamenta por el jurado que le tuvo en consideración.
El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte le comunicó este jueves al autor que se le concedía el premio por su obra Los enamoramientos (editorial Alfaguara) , publicada el año pasado, y que de momento se ha traducido a cinco idiomas y próximamente a unos 15 más.
Marías (Madrid, 1951) indicó que desde hace muchos años ha rechazado las invitaciones del Instituto Cervantes y de otros organismos del Estado, y que quiere responder a su postura “de ser independiente”, con su decisión de este miércoles.
“Es una posición mía muy antigua, no tiene que ver con quién gobierna, porque he rechazado cosas tanto del gobierno del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) como del PP (Partido Popular”, dijo.
“Creo, además, que el Estado no tiene por qué darme nada por mi tarea de escritor, que es algo que yo he elegido”, apuntó.
Consideró que sería “una desvergonzonería” aceptar el premio cuando muchas veces ha dicho que no acepta esa relación con el Estado español, a fin de evitar verse envuelto en polémicas o politizaciones.
El autor indicó que incluso “sería hacer demagogia” aceptar la dotación de 20 mil euros (unos 26 mil dólares) del premio para regalarlo a un tercero que está necesitado de dinero en estos tiempos de crisis, como por ejemplo alguna biblioteca.
“Si ese dinero no lo acepto yo, no me toca a mí decir cómo se debe gestionar eso, hubiera sido demagógico de mi parte hacerlo. Que el Ministerio haga lo que le parezca con ese dinero”, subrayó.
Aclaró que los únicos premios que ha recibido son de otros países, en los que no radica ni hace vida personal, no escribe artículos tiene mayores vinculaciones.
Reconoció que una de las razones que influyó en tomar su postura en 1998, aunque no la única, es que a su padre Julián Marías, no le concedieron nunca ningún galardón por los muchos libros de ensayos que escribió.
“No me siento preso ni rehén de mis manifestaciones (que anunciaron su postura en 1998); pero hoy lo que lamento es que no es agradable tener que decir no a un reconocimiento, por los jurados a quienes les tengo que pedir disculpas porque no quiero que sea ésto como un agravio”, añadió.
Aseguró que no le preocupa si a la gente le parece bien o mal su decisión y que este día se irá tranquilo a su casa pensando que hizo lo que debía.


Por Marta Sanz.
El amante, Marguerite Duras.
Recuerdo que estaba en la cama. Debía de tener fiebre. Una gripe. Un catarro. Estaba sumida en un estado de aletargamiento propio del gusano de seda. Yo qué sé. Creo recordar que no se me quitaba el frío y que me costaba estirar las articulaciones.
Aun así, disfrutaba de la placentera experiencia de las enfermedades leves. La laxitud.
Aún vivía en casa de mis padres. Tenía a mi madre muy pendiente de mí. Yo estaría en el último año de instituto o en el primer año de carrera. No lo sé. Tengo mala memoria para las fechas exactas. También tengo una memoria débil para los argumentos de los libros. Me quedo con otras cosas que ahora no me apetece explicar.
En todo caso, sí sé que aún no había publicado ningún libro ni había vivido “mi experiencia sentimental traumática”. Todos vivimos una. O dos. Hay quien las encadena y ríe. Yo solo he pasado por una. Ha sido como la secuela de un sarampión. Un soplo cardíaco. Reuma. Inyecciones dolorosas de decenas de miles de unidades de benzentacil.
Recuerdo que estaba en la cama y que tenía a mi madre muy pendiente de mí. “Bebe agua”. “La pastillita”. “Cómetelo todo”. “¿Quieres que te traiga algo para leer?” Cuando se disfruta del sopor de la febrícula, todo sobra. “Déjame dormir”. Mis brazos –un papel de celofán mantenía unidos sus huesos- no podrían sostener el peso de un libro, la carga de gramos de las páginas. “Déjame dormir”.
Ni siquiera me molestaba mucho el ruido de la televisión al otro lado de la puerta.
No se me quitaba el frío y aún no había vivido “mi experiencia sentimental traumática”. Un día el letargo se me hizo aburrimiento, y mi madre me trajo un libro que no me costase sujetar y no me obligase a sacar demasiado los brazos de debajo del edredón.  
Sentí muchas cosas con El amante de Marguerite Duras. Sobre todo, las aprendí. Sentí cosas que ya sabe todo el mundo –el hielo quema- y otras menos fáciles: las palabras pueden cortar. Un vidrio de botella que penetra profundamente en la planta del pie. Entendí por qué me gustaba regodearme en mi fiebre. Arrancarme las costras. Sacar espinillas.
“Bebe agua”, “Cómetelo todo”, “Apaga la luz. Ya es tarde”. Leí todo el día y parte de la noche. Tardé mucho en leer un libro muy corto porque, después de cada frase, volvía a mirar, por enésima vez, la foto de la portada: Marguerite a la edad en que fornicaba a todas horas con su amante chino. Las ojeras, la boquita pintada. Los signos que deja el sexo en un cuerpecillo minúsculo. Abierto al cansancio. También al gozo.
El día en que el letargo se me hizo aburrimiento, aprendí que el amor era algo que tenía que ver con la imposibilidad y la fusión de sustancias antagónicas: rico y pobre, enfermo y vigoroso, niña y viejo, los de distintas razas y condiciones sociales. Deseé que el amor fuese así. Lo busqué. Me encerré dentro de una alcoba. Sudé mucho sin que me bajara la fiebre. Se me marcaron las ojeras. Me hice daño a mí misma.
Leí El amante. Propicié mi dolor. Lo anticipé. Pero también encontré su cura: una manera de contarlo.
* Marta Sanz es novelista. Su última obra publicada es Un buen detective no se casa jamás  (Anagrama, 2012)

sábado, 11 de agosto de 2012


Dedicatoria:

A LEÓN WERTH
Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:
A LEÓN WERTH, cuando era niño.
I
Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba "Historias vividas", una magnífica lámina. Representaba una serpiente boa que se tragaba a una fiera. Esta es la copia del dibujo.
El Principito
En el libro se afirmaba: "La serpiente boa se traga su presa entera, sin masticarla. Luego ya no puede moverse y duerme durante los seis meses que dura su digestión".
Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi dibujo número uno era de esta manera:
El Principito
Enseñé mi obra de arte a las personas mayores y les pregunté si mi dibujo les daba miedo.
-¿por qué habría de asustar un sombrero? - me respondieron.
Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digiere un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa a fin de que las personas mayores pudieran comprender. Siempre estas personas tienen necesidad de explicaciones. Mi dibujo número dos era así:
El Principito
Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedado desilusionado por el fracaso de mis dibujos número uno y número dos. Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.
Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendí a pilotar aviones. He volado un poco por todo el mundo y la geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.
A lo largo de mi vida he tenido multitud de contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca; pero esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.
Cuando me he encontrado con alguien que me parecía un poco lúcido, lo he sometido a la experiencia de mi dibujo número uno que he conservado siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. E invariablemente me contestaban siempre: "Es un sombrero". Me abstenía de hablarles de la serpiente boa, de la selva virgen y de las estrellas. Poniéndome a su altura, les hablaba del bridge, del golf, de política y de corbatas. Y mi interlocutor se quedaba muy contento de conocer a un hombre tan razonable.
II
Viví así, solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente, hasta cuando hace seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días.
La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una balsa en medio del océano. Imaginaos, pues, mi sorpresa cuando al amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:
- ¡Por favor... píntame un cordero!
-¿Eh?
-¡Píntame un cordero!
Me puse en pie de un salto como herido por el rayo. Me froté los ojos. Miré a mi alrededor. Vi a un extraordinario hombrecito que me miraba gravemente. Ahí tenéis el mejor retrato que más tarde logré hacer de él, aunque mi dibujo, ciertamente es menos encantador que el modelo. Pero no es mía la culpa. Las personas mayores me desanimaron de mi carrera de pintor a la edad de seis años y no había aprendido a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas.
El Principito